Para innovar, hay que estar presente

Patricio Espejo López, columnista

Si queremos innovar con nuestras ideas, necesitamos de un proceso personal que nos permita alcanzar la “presencia plena” (mindfulness), un término tomado del budismo que hoy se aplica a una condición en la cual, a mi entender, el individuo logra estar armónicamente presente en tiempo y espacio, con una mente abierta, un corazón abierto y una voluntad abierta, condiciones indispensables para entrar en creatividad.

Para llegar a la presencia plena y poder generar ideas innovadoras, poderosas y viables, es necesario que desarrollemos habilidades emergentes (del tipo soft) para mejorar nuestra capacidad de:

1. Observar, desde la realidad que nos hemos construido, cuestionando nuestros juicios y creencias maestras.

2. Realizar una reflexión que nos permita comprender profundamente el fenómeno que contemplamos.

3. Conectar las unidades de información que ya tenemos incorporadas, para identificar mejor los mecanismos
generativos del fenómeno que presenciamos.

4. Soltar lo que ya no sirve cuando sea necesario.

A través de estas acciones es posible llegar al estado de presencia plena, en donde se logra percibir una visión disruptiva y particular del futuro, que pueda ser capaz de generar resultados extraordinarios. A partir de esa visión de futuro concebida, podemos decidir:

1. Adoptar o no lo nuevo, total o parcialmente y apostar por ello.

2. Generar experiencias que nos permitan pasar de lo conceptual a la práctica, pudiendo así validar que lo
nuevo acogido funciona.

3. Con suficientes experiencias exitosas, surge la energía necesaria para pasar a crear o co-crear, si en algún
momento dejamos la solitud y articulamos un equipo de trabajo.

Todas estas acciones no son secuenciales, sino sistémicas. A continuación, las ideas poderosas pueden ser llevadas a esa suerte de embudo, en donde las ideas se potencian y organizan hasta constituirse en la semilla de iniciativas de innovación, que una vez organizadas y aprobadas se convierten en los proyectos encargados de implantar los productos o artefactos que le darán materialidad a la innovación, y de cuyo operar, se producirán los resultados y beneficios que en definitiva van a satisfacer, en alguna medida, el propósito inicialmente definido.

A mayor cantidad de ideas de calidad a la entrada del embudo, mayor posibilidad de generar innovación. Otra cosa importante de resaltar aquí es que cuando la innovación se le da estructura de proceso, sus resultados son medibles, por lo tanto, se la puede gobernar y gestionar.

Para ilustrar esta perspectiva con un ejemplo. En 1817, el barón alemán Karl Drais inventó la “draisiana” o “máquina andante” (laufmaschine en alemán), un vehículo de dos ruedas en línea impulsado por su conductor, que fue la precursora de lo que hoy comúnmente llamamos bicicleta, la cual a su vez fue la precursora de la motocicleta.

Si bien no podemos saber hoy en día lo que pasaba por la mente de Karl en aquel entonces, sólo para fines de ilustrar el modelo descrito, puedo imaginar una narrativa como lo siguiente:

– Karl gustaba de inventar, por ello vivía en una constante reflexión de lo que hacía falta, en este caso, identificó la necesidad de transportarse de manera económica, más rápida y a mayor distancia, con el menor esfuerzo.

– Con ese requerimiento en mente, es muy probable que comenzara a conectar las unidades de información
que poseía acerca de cosas tales como: las leyes físicas, propiedades de los materiales, biología y ergonomía humana, el desempeño de ciertas estructuras, tipos de ruedas y reseñas históricas acerca de artefactos de dos ruedas unidos por una barra, (ya había evidencia por ese entonces de algo como esto desarrollado en el antiguo Egipto), etc.

– Es también muy posible que conociera de la máquina de vapor y sus posibilidades, pero fue algo que decidió soltar, probablemente no lo consideró en los pasos subsiguientes por razones de simplicidad y economía.

– Así es que pudo haber llegado a su espacio de presencia plena.

– En mi opinión, en ese momento había conocimiento humano disponible acerca de los beneficios que pudiera traer el uso de pedales, poleas y cadenas, pero o no tuvo acceso a él o simplemente por alguna otra razón decidió no adoptarlo. Esto determinó que su invento añadió innovación al transporte humano, pero pudo ser mucho más innovador.

Primero diseñó en papel y luego experimentó probablemente varios prototipos hasta concretar lo que fue su producto final. Fue un resultado viable que se utilizó por varios años, pero que también entró al espacio de co-creación, lo cual determinó que en 1839, el escocés Kirkpatrick Macmillan creara un artefacto, basado en su diseño, pero impulsado por pedales y poleas.

Una cosa adicional que es posible apreciar en el ejemplo escogido es que, por aquellos tiempos, las personas creaban esencialmente en solitario y la comunicación para acceder al conocimiento y a otros era deficiente, por ello había vacíos y la co-creación tardaba años.

En nuestra actual sociedad digital, esas condiciones ya no tienen sentido alguno y por otro lado la necesidad de sostenibilidad y resultados de las organizaciones hacen que la innovación sea una estrategia fundamental que debe ser incorporada adecuadamente.

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